martes, 27 de noviembre de 2012


“Popular no es vulgar”

El arte definido como popular, es un concepto muy ambiguo.  Puede entenderse bajo distintos criterios (estéticos, sociales, políticos, ideológicos, etc.). Su opuesto sería el arte elitista.
El arte popularizado o arte mayoritario, por oposición al arte minoritario, es la manifestación que mas audiencia alcanza, por su grado de identidad con las masas de la sociedad. Lo popular es considerado negativamente mercancía, por su difusión por los medios de comunicación de masas, frente al que se rebela, el denominado arte independiente. Más que un valor artístico, las producciones de este arte popular suelen ser calificados de antivalor o pseudoarte.
 El pensamiento socialista ha criticado desde sus orígenes a la burguesía por apropiarse de los bienes culturales de la sociedad. Filósofos marxistas han acusado a la sociedad capitalista de favorecer el desarrollo de subculturas, cuyo objetivo es despojar de sus atributos particulares a las comunidades y sectores sociales más postergados.
La música popular hace referencia a un conjunto de expresiones artísticas creadas o consumidas por el pueblo, por contraposición con una cultura académica, alta u oficial centrada en medios de expresión tradicionalmente valorados como superiores y generalmente más elitista y excluyente.
Es importante internalizarnos en este tema, ya que desde tiempos remotos, la música creada y escuchada por el pueblo han sido desvalorizadas y consideradas vulgares, de personas que no han evolucionado lo suficiente y se mantienen  como un material en bruto, sin perfeccionarse, sin mutar, sin pretender perfeccionar este arte de muchísimo valor simbólico agregado que los diferencia del resto.
Para los conservadores existen dos mundos diferenciados, necesarios. Esta visión tiende a pensar la salvación de la cultura y el arte en el ámbito de unos pocos, de clase alta, logrado sobrevivir gracias al círculo cerrado de productores, críticos, receptores sagaces entre otros que hacen que sobreviva y que no se mezcle de alguna forma con las producciones populares. En el fondo, todos los elitistas, les encanta el absoluto y la perfección y detestan las fusiones, viéndose amenazados por el ascenso del “hombre masa”.
La música folclórica de argentina, como generalmente se la conoce a la música de nuestra tradición, está limitada por muchas personas a quedar intacta como en los momentos de su creación, sin perder su objetivo de ser reproducida. Es por eso que los grupos folclóricos visten ropas de esa época, disfrazándose de algo que no es, sin saber ni siquiera a veces andar a caballo. Por eso es necesario desestructurar paradigmas que de nada nos sirven y hasta nos limitan a crear y valorar la complejidad y poder de esta música, pudiendo mejorarla, complejizarla mas o introduciendo nuevas maneras de tocarla para llevar esta música a otro nivel perfeccionándola.
Tenemos que saber que el término inglés «folklore» fue acuñado el 22 de agosto de 1846 por el arqueólogo británico William John Thomson, quien deseaba crear una palabra para denominar lo que entonces se llamaba «antigüedades populares». Nuestros músicos modernos, tratan de redireccionalizar la música y modernizarla, animándose a manipularla y complejizarla.
Las herencias musicales están cargadas de significados simbólicos, del autor y su contexto, son expresiones, representaciones y mecanismos de construcción de las características propias de los individuos, las comunidades y las naciones donde se generaron. Pero son también vehículos para el desarrollo de la imaginación y la creatividad, bases para la innovación social y artística.
Revertir esta situación demanda fomentar nuestra producción local, sin perder nuestras bases y legados históricos.

Antonella Alesandrelli.

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