Mas allá de los sonidos.
Lo
habían invitado a verlo al chango y él con algo de interés había aceptado. El
joven alumno estaba descubriendo un mundo artístico diferente y se llenaba de
sorpresas a cada nuevo disco que escuchaba. Sentía como si el mundo se
ensanchara a grandes saltos, como si hubiese caminado por una escalera oscura
siempre hacia un solo lugar pero de pronto se encendieran las luces y
descubriera que hay miles de escaleras que suben, bajan y se cruzan. Por todo
esto quería verlo y tratar de terminar de entender porque lo movilizaba esa
música.
La
noche del sábado, él se encontró con su profesora y amigos de ella en la vereda
de un bar pequeño de la plata. El bar quedaba justo en una esquina, el contexto
y la fachada daban ese aspecto de franqueza y de ser un lugar amigable, las
calles eran de adoquines. Al frente había una estación de tren que ya no
funcionaba como tal sino lo hacia como centro cultural y por el otro frente,
otro bar con unas mesas afuera, donde la gente bebía, reía y conversaba. No se
quedaron mucho a fuera, entraron y se ubicaron a pocos pasos de la puerta de
entrada ya que las mesas mas cercanas al escenario estaban ocupadas. Estaban en
el otro extremo del bar pero como el bar era pequeño, no era tan grande la
distancia entre el escenario y su mesa. Comenzaron a sentarse y tras quedar sin
sillas tuvieron que traer un banco alto de los que se usan en la barra. El
joven se sentó ahí, hasta podían confundírselo con el sonidista que estaba a una
corta distancia de la mesa también sentado en un banco alto.
Pidieron pizza, cerveza y se sumergieron en una cálida e interesante charla. Ella decía, entre otras cosas, que el folclore estuvo interrumpido, que antes de la dictadura había un crecimiento de compositores argentinos que desaparecieron o tuvieron que exiliarse y que se perdió y se silencio mucho de nuestra música. Que esos caminos que se habían cerrado, se están retomando. Esa noche era uno de esos retornos.
El escenario estaba listo y los instrumentos esperando. Se podían ver un bajo, un bombo, una guitarra y una flauta traversa. Después de hablar un rato fueron interrumpidos por los aplausos. Los músicos estaban por empezar a tocar, entre ellos el chango. Su aspecto no era de poncho, ni sombrero, ni botas, parecía estar vestido como un adolecente; de jean y una remera, la cara avejentada, el pelo blanco y una mirada pequeña detrás de los anteojos llena de humildad y misterio. Se sentó frente al bombo, se presentaron y comenzaron a tocar. Estaban presentando un disco en el que cantaba Silvia Gómez, Omar Gómez en el bajo, el mono Isaurralde en flauta traversa. El chango a veces en la guitarra y a veces en el bombo. Silvia desde el frente del escenario cantaba y en cada canción enfocaba su mirada en el joven que estaba sentado del otro lado del escenario en un banco alto. Este se divertía pensando en lo favorable de su posición.
Pidieron pizza, cerveza y se sumergieron en una cálida e interesante charla. Ella decía, entre otras cosas, que el folclore estuvo interrumpido, que antes de la dictadura había un crecimiento de compositores argentinos que desaparecieron o tuvieron que exiliarse y que se perdió y se silencio mucho de nuestra música. Que esos caminos que se habían cerrado, se están retomando. Esa noche era uno de esos retornos.
El escenario estaba listo y los instrumentos esperando. Se podían ver un bajo, un bombo, una guitarra y una flauta traversa. Después de hablar un rato fueron interrumpidos por los aplausos. Los músicos estaban por empezar a tocar, entre ellos el chango. Su aspecto no era de poncho, ni sombrero, ni botas, parecía estar vestido como un adolecente; de jean y una remera, la cara avejentada, el pelo blanco y una mirada pequeña detrás de los anteojos llena de humildad y misterio. Se sentó frente al bombo, se presentaron y comenzaron a tocar. Estaban presentando un disco en el que cantaba Silvia Gómez, Omar Gómez en el bajo, el mono Isaurralde en flauta traversa. El chango a veces en la guitarra y a veces en el bombo. Silvia desde el frente del escenario cantaba y en cada canción enfocaba su mirada en el joven que estaba sentado del otro lado del escenario en un banco alto. Este se divertía pensando en lo favorable de su posición.
Fue
una noche increíble, los músicos terminaron de tocar y bajaron rápidamente a
mezclarse con el público, se saludaban, se abrazaban con los que seguramente
eran amigos, uno de los músicos empezó a saludar desde el pie del escenario y
entre saludos y conversaciones termino fuera
del bar, del otro lado de la calle y lo tuvieron que ir a buscar para que pueda
cenar.
Esa
noche el arte había logrado algunos de sus objetivos, trasmitir, crecer y
quedarse dentro de la gente, en el corazón de aquel joven, que ya no era el
mismo y que a partir de ese momento, de a poco, se va a ir concerniendo por
cosas nuevas que van a ir más allá de lo que él conoce y quiere. Desde aquel
día quiere ser parte de ese arte con vida, que crese, busca y tiene muchas
direcciones, que son parte de su identidad. Esa identidad escondida traída de
un pasado lejano que se sigue mutando, transformando y mezclando, hasta llegar
a ser lo que es en el presente, para que en el futuro se siga creciendo y
reinventando. Para ser siempre la música del pueblo. Música que a todos nos
pertenece y música que todos tenemos el deber de cuidar y mantener por siempre
en el oído de cada argentino.
Leandro Chamorro.
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